De la gira latinoamericana de Bush no me interesa analizar si sus declaradas intenciones son sinceras o no: eso está muy claro, no lo son; aunque EE.UU. se presente al mundo como valedor de los derechos, la civilización, las libertades y el desarrollo, todos estos objetivos están supeditados a uno primordial, que es la perpetuación de su papel preponderante en la política mundial como dueño indiscutible de los destinos de los hombres. Que en este proceso se establezcan nuevas libertades (y desaparezcan otras) y se avance en la civilización y el desarrollo ni lo niego ni lo afirmo, es un tema complejo que requiere un análisis profundo. Lo que sí afirmo vehementemente es que cualquier consecuencia, buena o mala, pasa por el vasallaje de los pueblos a EE.UU. y en muchos casos por la anulación de la identidad de estos pueblos.
Dejando aparte los casos del mundo árabe y el caso interno de la sociedad norteamericana, lo que me interesa es analizar las diferencias entre el anti-americanismo (entendiendo “americano” como lo entienden en EE.UU., donde América “es” Estados Unidos) en Latinoamérica y Europa.
En Europa, el anti-americanismo tiene un carácter burgués, como corresponde a todo producto de una sociedad que por fuerza ha de estar impregnado del espíritu de la sociedad que lo produce. Los movimientos anti-americanos (centros sociales, asociaciones y partidos de izquierda, etc.) en Europa son, pese a todo, burgueses, y como tales “sienten” de un modo diferente del latinoamericano su relación con EE.UU.. Este modo de sentir a los EE.UU. se caracteriza por el hecho de que, en su esencia, EE.UU. y ellos son la misma cosa, y cualquier movimiento de oposición contra EE.UU. lo es también contra ellos mismos. Me refiero a que la sociedad de EE.UU., los valores de EE.UU., la cultura de EE.UU., es exactamente la misma que
El lector avezado habrá ya colegido la conclusión de todo esto: no existe el anti-americanismo en Europa. Mientras el movimiento anti-americano siga siendo burgués y aceptando los valores y la cultura propia de esa sociedad, nunca será una fuerza de oposición sino de “reordenación”, por decirlo de algún modo.
En Latinoamérica, como he dicho, se “siente” a los EE.UU. de modo muy diferente. Esto es así por dos razones, fundamentalmente: razones históricas por un lado y razones socioeconómicas por otro.
Latinoamérica, desde la Conquista hace más de quinientos años, no ha conocido
Las razones socioeconómicas se refieren a la situación de los pueblos latinoamericanos en estas coordenadas. Económicamente, son subdesarrollados, y la clase burguesa no es preponderante en ellos sino minoritaria (y oligárquica). La clase a la que pertenece la mayor parte de la población es la clase trabajadora, y ésta es también muy diferente de la europea: allí los trabajadores abrazan el ideal burgués, aspiran a convertirse en burgueses –porque pueden-, y en cualquier caso disfrutan de una posición parecida al burgués gracias al elevado nivel de vida, y comparten con la burguesía unos mismos valores. Una situación muy diferente del trabajador latinoamericano, cuyo jornal no le permite el ahorro ni la inversión para dar el salto. Ellos lo saben y tienen gran conciencia de clase. Y ya estamos hablando de las condicionantes sociales: las clases presentan a una y otra orilla del Atlántico diferencias sustanciales que hacen completamente diferentes sus valores y expectativas. Para la clase trabajadora latinoamericana, donde florece el anti-americanismo, la destrucción de EE.UU. es contemplada como una alternativa, y en términos prácticos esta destrucción es la desaparición de su influencia en el ámbito latinoamericano, en una palabra: la liberación.
Concluyendo se puede decir que el anti-americanismo en Europa es simplemente una fuerza que trata de encauzar la política de EE.UU. dentro de unos límites pero que no plantea la destrucción de su sistema ni la reforma profunda de su propuesta socioeconómica. En cambio, en Latinoamérica el anti-americanismo rechaza esta propuesta y se propone expulsar toda manifestación de su modelo en las naciones latinoamericanas, a la vez que propone alternativas, parece que con bastante éxito. Pero esta es otra cuestión y requiere profundo análisis, que no abordaré hoy aquí.
Quedémonos con la idea de que, ahora mismo, Latinoamérica es el útero donde se gesta y se desarrolla la única esperanza de alternativa al materialista y mezquino sistema burgués.
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